Gollum: El espejo trágico de la Tierra Media

En las páginas de El Hobbit y después en El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien nos presenta a Gollum, un personaje que arrastra tras de sí una sombra de tristeza, obsesión y contradicción. Más que un simple villano o un monstruo grotesco, Gollum —o Sméagol, como una vez fue conocido— es un reflejo oscuro de lo que el poder y la codicia pueden hacerle a un alma. Su historia, que abarca desde los días tranquilos junto al río Anduin hasta su caída final en las llamas del Monte del Destino, es una de las más complejas y conmovedoras de la Tierra Media. ¿Quién es realmente Gollum? ¿Un monstruo sin redención o una víctima de su propia tragedia? Acompáñanos a desentrañar al ser que susurra mi tesssoro en la penumbra.

Antes de ser Gollum, Sméagol era un hobbit de la raza de los Fuertes, nacido alrededor del año 2430 de la Tercera Edad en los Campos Gladios. Vivía una vida sencilla, probablemente pescando y disfrutando de la compañía de su gente, hasta que un día fatídico el Anillo Único llegó a sus manos. Mientras pescaba con su primo Déagol, este encontró el Anillo en el río Anduin. Sméagol, cegado por un deseo inmediato y avasallador, lo asesinó para quedárselo. Ese acto marcó el comienzo de su transformación. Expulsado por su familia, se refugió en las profundidades de las Montañas Nubladas, donde el Anillo lo mantuvo vivo durante casi seis siglos, pero a un coste terrible.

Físicamente, Sméagol se convirtió en Gollum: un ser flaco y encorvado, con ojos grandes y brillantes como faroles en la oscuridad, piel pálida y una voz que rasga el silencio con su característico ¡gollum, gollum! Mentalmente, el Anillo fragmentó su mente en dos: Sméagol, el eco de su antigua humanidad, y Gollum, la criatura obsesionada con su tessoro o mejor conocido originalmente en El Hobbit como preciosso mío. Esta dualidad no es solo un detalle curioso; es el corazón de su tragedia, una lucha interna que lo hace tan fascinante como perturbador.

Gollum entra en escena en El Hobbit, cuando Bilbo Bolsón lo encuentra en una cueva bajo las Montañas Nubladas. En un juego de Acertijos en las Tinieblas, Bilbo le arrebata el Anillo, desencadenando la obsesión de Gollum por recuperarlo. Décadas después, en El Señor de los Anillos, lo vemos reaparecer como una sombra que acecha a Frodo y Sam en su viaje hacia Mordor. Capturado por Aragorn e interrogado por Gandalf, revela información clave sobre el Anillo, pero su destino está irrevocablemente ligado al portador.

Como guía, Gollum lleva a Frodo y Sam por las traicioneras Ciénagas de los Muertos y los peligrosos senderos hacia el Monte del Destino, demostrando una astucia y resiliencia sorprendentes. Sin embargo, su lealtad es frágil. Planea traicionar a Frodo entregándolo a la araña Shelob (más conocida como Ella-Laraña), un acto que casi destruye la misión. Pero el clímax de su historia llega en el Monte del Destino: cuando Frodo reclama el Anillo para sí, Gollum lo ataca, le arranca el dedo con un mordisco y, en su euforia, cae al abismo ardiente. Sin quererlo, su obsesión salva a la Tierra Media al destruir el Anillo. ¿Héroe accidental o villano consumido por su propia codicia? Tolkien nos deja esa pregunta abierta.

Gollum no es solo un personaje; es un símbolo. Representa el poder corruptor de la ambición y la pérdida de identidad que viene con ella. Frodo lo ve como un reflejo de en lo que podría convertirse si cede al Anillo, una advertencia viva de su propio peligro. Gandalf, con su sabiduría característica, dice: «Mi corazón me dice que aún tiene un papel que desempeñar, para bien o para mal, antes de que esto termine». Y así es: Gollum es tanto víctima como agente de su destino.

Su dualidad Sméagol-Gollum lo hace aún más humano. En momentos de vulnerabilidad, Sméagol emerge, como cuando Frodo lo trata con bondad y él duda, casi recordando quién fue. Pero Gollum, el lado oscuro, siempre regresa, alimentado por la envidia y el aislamiento. Este conflicto interno resuena en cualquiera que haya luchado contra sus propios demonios, haciendo de Gollum un personaje universal más allá de la fantasía.

Tolkien, un apasionado de la mitología y la literatura antigua, tejió en Gollum ecos de figuras clásicas. Su asesinato de Déagol recuerda a Caín matando a Abel, mientras que su vida solitaria y bestial evoca a Grendel, el monstruo de Beowulf. Incluso hay paralelos con Alberich, el enano obsesionado con el anillo en la ópera de Wagner. Pero Gollum es único: su tristeza, su lucha y su complejidad lo elevan por encima de un simple arquetipo.

Curiosamente, los psicólogos también han puesto sus ojos en él. Un estudio de 2004 en el British Medical Journal sugirió que Gollum podría encajar en el perfil del trastorno de personalidad esquizoide, con su aislamiento y comportamientos excéntricos. Aunque esto es más una curiosidad que un diagnóstico oficial, demuestra cómo su profundidad trasciende la ficción.

Gollum no es solo un «monstruo» de la Tierra Media; es una obra maestra de la creación literaria. Su historia nos obliga a mirar dentro de nosotros mismos, a preguntarnos qué nos mueve y qué estamos dispuestos a sacrificar por ello. Desde su primera aparición susurrando acertijos hasta su último grito de triunfo y derrota, Gollum nos recuerda que incluso en la oscuridad más profunda hay un destello de humanidad. Y tal vez, como dijo Gandalf, su papel —y el nuestro— aún no está del todo escrito.

¿Te atreverías a adentrarte en su cueva y enfrentarte a sus adivinanzas? Porque, al final, Gollum no es solo «mi tessoro» para Tolkien: es un tesoro para todos los que exploramos la Tierra Media.


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