
Hay días en que todo lo que llevo dentro amenaza con aplastarme. Las listas interminables, las voces que no callan, las cosas que debo hacer, decir, resolver. Es como si el mundo entero se hubiese subido a mis hombros, y yo, con las piernas temblando, solo quisiera gritar que se detenga. Que me deje bajar, aunque sea un momento. A veces, solo quiero estar sola.
No es que no quiera a la gente. No es que no disfrute de una noche de risas o de una charla que me saque del ruido de mi cabeza. Es solo que, a veces, necesito que el mundo se pare. Que se apague el zumbido de las notificaciones, que se diluyan los “tienes que” y los “deberías”. Quiero un rincón donde no existan los plazos ni las expectativas. Donde no pese la obligación de ser siempre la versión de mí que lo resuelve todo.
Estar sola es mi forma de respirar. Es escaparme al parque y sentarme en un banco, mirando cómo el viento sacude las ramas, como si también quisiera liberarlas. Es ponerme los auriculares y dejar que una canción me envuelva, me saque del torbellino de tareas y me permita flotar, aunque sea por un instante. Es quedarme en casa, con las cortinas cerradas, comiendo algo que no debo y riéndome de mí misma, porque por una vez, las agujas no me marcan el paso.
En esos momentos no busco respuestas. No quiero resolver nada. Solo quiero existir sin justificarme. Reírme sin motivo. Mirar el techo como quien contempla un cielo imaginario, dejando que los pensamientos pasen de largo como nubes que sueñan con otros cielos. Porque cuando todo pesa demasiado, estar sola es mi manera de volar. De recordarme que, debajo del ruido, aún respiro. Aún estoy.
Pero no siempre es fácil. A veces, la soledad también habla. Trae consigo un eco incómodo, como si al apagar el mundo encendiera el murmullo de mis propios miedos. ¿Y si no puedo con todo? ¿Y si me estoy quedando atrás? Incluso entonces, encuentro algo. Una chispa. Un arrullo. Una voz interior que me dice que no necesito tenerlo todo bajo control. Que está bien parar, aunque el mundo no lo haga.
Y cuando regreso, después de esas horas robadas, no es que el peso se haya desvanecido. Sigue ahí, esperando. Pero yo vuelvo un poco más ligera. Un poco más yo. Porque a veces, estar sola no es una huida ni una pausa. Es una forma de volver a casa. De recordarme que también así, en silencio, sin testigos, sigo siendo.