
Sinopsis:
«Los seres que llamamos vampiros existen. Algunos de nosotros tenemos pruebas irrefutables de ello». Ha pasado más de un siglo desde que el profesor Van Helsing, uno de los protagonistas de Drácula, pronunciara estas palabras, y el mito sigue vivo gracias a la capacidad sobrenatural del hombre-vampiro para mutar y adaptarse a los nuevos tiempos: infinidad de películas, musicales, cómics, etc., así lo atestiguan.
Opinión:
Ay, Drácula. Pocas novelas han marcado mi vida lectora como esta joya gótica, esta cumbre del terror de 1897 que sigo revisitando una y otra vez. Tengo la preciosa edición de Valdemar, la de la Colección Gótica, y cada vez que la abro es como sumergirme en un portal a un mundo de nieblas londinenses, castillos transilvanos y un horror que se cuela bajo la piel. Es, sin duda, una de mis novelas favoritas de todos los tiempos. Pero, ¡ay, amigos!, mi amor por ella no es ciego. De hecho, es un amor consciente de sus peculiaridades, sus inconsistencias y hasta sus «agujeros de guion», que solo la hacen más entrañable, si cabe. Porque ¿qué sería de un clásico sin esas pequeñas imperfecciones que nos hacen debatir y analizar?
Como todo clásico, es fundamental leerlo con la comprensión y el cariño hacia la época en que fue escrito, contextualizando sus particularidades dentro del panorama literario y científico del siglo XIX.
Aviso: al ser un clásico con mas de un siglo y que todos conocemos la historia (aunque los que solo la conozcan por las adaptaciones cinematográficas pueden tener algún sesgo equivocado), me he permitido el lujo de que sea una reseña con algún spoiler, pero también es como si os cuento la historia de Espartaco y os desvelo que al final muere (guiño, guiño).
Una de las primeras cosas que me fascinó de Drácula es su formato epistolar. No es una novela narrada de forma lineal por un narrador omnisciente, no. Es un caleidoscopio de diarios, cartas, recortes de periódicos, telegramas y hasta fonogramas. Esto, para mí, es brillante. Te sumerge de lleno en la experiencia de cada personaje, te permite sentir su terror, su desesperación, su creciente comprensión de lo inexplicable. La inmediatez de los diarios de Jonathan Harker, el pragmatismo científico del Dr. Seward, la agudeza mental de Mina Murray… todo cobra vida de una manera única. Es como si estuvieras reuniendo las pruebas de un caso real, un rompecabezas fragmentado que poco a poco revela la monstruosa verdad.
Sin embargo, precisamente esta estructura es, en parte, la responsable de esas pequeñas inconsistencias que, con la lectura atenta, saltan a la vista. Es comprensible, Stoker estaba hilando una trama compleja a través de múltiples voces y perspectivas, y no siempre la coherencia férrea era la prioridad máxima. A veces, siento que Stoker iba construyendo la historia sobre la marcha, lo cual, irónicamente, le da un toque de autenticidad orgánica, como si la novela misma estuviera cobrando vida y evolucionando.
Aquí es donde mi ojo crítico se detiene siempre. La relación entre los tres pretendientes de Lucy Westenra: Arthur Holmwood, el Dr. John Seward y Quincey Morris. Al principio de la novela, los tres le proponen matrimonio a Lucy el mismo día. ¡Una escena que ya de por sí es un estudio de la caballerosidad victoriana! Uno esperaría, como mínimo, una cierta tensión o rivalidad soterrada.
Pero lo que realmente me desconcierta es cómo estos hombres se transforman casi instantáneamente en un equipo de cazadores cohesivo y eficaz bajo la tutela del profesor Van Helsing. No es solo que se unan por la tragedia de Lucy; es que, a medida que la trama avanza y ya están inmersos en la caza de Drácula, la novela empieza a salpicar referencias a un pasado compartido, a anécdotas de caza y aventura que sugieren una camaradería de años, casi como si hubieran sido compañeros de expediciones de toda la vida.
Esto contrasta fuertemente con la forma en que se les introduce inicialmente, como conocidos y rivales por la mano de Lucy, sin indicios de una amistad profunda o un historial de aventuras juntos. Es como si Stoker, al ver la necesidad de un equipo creíble para enfrentar al vampiro, les atribuyera un pasado «retroactivo» para justificar su destreza y su unión inquebrantable. Es un atajo narrativo que, aunque funcional para la trama, me hace siempre levantar una ceja.

Drácula mismo. El Príncipe de las Tinieblas, el no-muerto ancestral, el cerebro maestro… o eso es lo que pensaba. Sus poderes y debilidades son un campo minado de fascinantes (y a veces frustrantes) inconsistencias.
Al principio, se nos presenta a un ser que de día es casi inofensivo, incapaz de cambiar de forma o ejercer sus vastos poderes. Prácticamente un rehén de la luz solar. Pero luego, a medida que la novela avanza, lo vemos moviéndose a plena luz del día, aunque con la apariencia de un anciano decrépito. Y hacia el final, ¡incluso logra que la niebla lo siga para ocultar su huida! Esto contradice la idea inicial de que el día lo debilitaba hasta el punto de la casi inmovilidad. ¿Es un fallo de Stoker? ¿O es que el vampiro, con su inmensa astucia, ha encontrado formas de burlar incluso sus propias limitaciones inherentes, o que el poder de su voluntad es tan grande que puede forzar las reglas hasta cierto punto? Es una pregunta que me he hecho mil veces.
Y en cuanto a su inmortalidad y vulnerabilidades, a veces parece un dios inalcanzable, y otras veces es sorprendentemente vulnerable. Jonathan Harker lo hiere con un cuchillo en el castillo, y aunque es un acto desesperado, demuestra que no es invencible a un ataque físico directo. La forma exacta de matarlo también se insinúa de varias maneras, pero al final, la estaca en el corazón y la decapitación se establecen como los métodos definitivos. Una mezcla de invencibilidad aterradora y puntos débiles muy específicos.
No es tanto una inconsistencia de Stoker como un reflejo de la ciencia de su tiempo, pero las transfusiones de sangre a Lucy son, para el lector moderno, un verdadero acto de fe. Múltiples donantes (Arthur, Dr. Seward, Van Helsing, Quincey) le dan su sangre a Lucy sin la menor consideración por los tipos de sangre. ¡Claro, la compatibilidad sanguínea no se descubriría hasta principios del siglo XX! Pero aun así, para un lector actual, es un momento de «suspensión de la incredulidad» bastante grande. Es un recordatorio fascinante de cómo la ciencia ha avanzado y cómo una obra de ficción se ancla en el conocimiento (o la falta de él) de su época.
La conversión de Mina también tiene sus ambigüedades. La forma en que su condición progresa y se detiene es bastante elástica. Parece acelerarse o ralentizarse convenientemente según las necesidades de la trama para mantener la tensión dramática. Su conexión telepática con Drácula es, por otro lado, una genialidad que permite a los cazadores rastrearlo.
Y aquí llegamos a una de mis «inconsistencias» favoritas (y que más me ha hecho reflexionar): la afirmación de Van Helsing de que Drácula tiene, en algunos aspectos, un cerebro de niño. ¿Un ser que ha vivido durante siglos, que ha orquestado planes complejos para invadir Inglaterra, que demuestra una astucia sobrenatural para manipular y evadir, tiene una mente infantil?
Por un lado, puedo entender lo que Stoker (a través de Van Helsing) podría transmitir: que la inmensa edad de Drácula lo ha llevado a un punto donde sus instintos primarios y su arrogancia superan a veces la lógica sofisticada. O quizás, que su conocimiento es vasto pero arcaico, sin la flexibilidad de una mente humana moderna. Es cierto que comete errores, sobre todo hacia el final, errores que parecen producto de una sobre confianza o una falta de comprensión de la determinación humana.
Sin embargo, otra interpretación que considero es que Van Helsing se refiere a la capacidad del Conde de absorber información como una esponja, una cualidad innata en los niños. Drácula podría poseer una mente que, a pesar de su antigüedad, tiene la habilidad de aprender y adaptarse a gran velocidad a nuevos conceptos y entornos, tal como lo haría una mente joven y maleable, de ahí también la urgencia de acabar con él (antes de que pase de niño a adulto y sea imparable). Esto explicaría su rápida asimilación de las costumbres inglesas o su habilidad para planificar la intrusión en un país desconocido con tanta eficacia.
Esta idea (la expresión en sí) me choca con la imagen del maestro estratega que vemos al principio con Jonathan Harker, o con la meticulosa planificación de su traslado a Londres. Es una contradicción que humaniza al monstruo de una forma peculiar, casi patética, pero que a mí, sinceramente, no me convence del todo. Drácula es terrible, pero no un tonto.
Y así llegamos al final. La persecución de Drácula de regreso a Transilvania es trepidante, pero la siento un tanto precipitada en comparación con el desarrollo más pausado del resto de la historia. De repente, todo se acelera hacia la confrontación final.
Y aquí viene el gran punto de mi fascinación y mi debate interno: la muerte de Drácula. En lugar de la icónica estaca en el corazón y la decapitación completa que se había insinuado como el método definitivo, la novela nos presenta una escena brutal: Quincey Morris le clava un cuchillo en el corazón mientras Jonathan Harker le corta la garganta con otro cuchillo. Pero lo que añade una capa fundamental de ambigüedad es lo que sucede justo después: el cuerpo de Drácula se desintegra instantáneamente en polvo.

Recordemos que, a lo largo de la novela, Drácula ha demostrado la capacidad de transformarse en niebla o incluso en una masa de polvo para escapar o moverse. Entonces, ¿es esta desintegración una verdadera aniquilación, o es una manifestación final de sus poderes, una forma de su espíritu de eludir la destrucción total? Esta duda se ve reforzada por las palabras del Dr. Seward en el epílogo. Él había afirmado que no descansarían hasta que la cabeza del Conde haya sido seccionada de su cuerpo y estemos seguros de que no puede reencarnarse. ¡Reencarnarse, no resucitar ni regresar a la vida! Esta elección de palabra es crucial. Stoker, de forma sutil, introduce una duda, una ambigüedad. La destrucción no es un fin absoluto, sino la prevención de una posible reencarnación.
Además, la novela cierra con una reflexión inquietante de Seward sobre cómo el espíritu de Quincey Morris parece haber pasado al hijo de Mina. ¿Quién sabe?, se pregunta, Quizá también el espíritu del Conde haya encontrado un nuevo receptáculo… ¡Esta frase! Esta es la genialidad de Stoker. No solo muere Quincey (un golpe devastador para el grupo que tanto cariño sentía por el tejano), sino que la victoria contra Drácula no es tan definitiva como parece a primera vista. La novela termina con una nota de esperanza, sí, pero también con una semilla de duda.
La forma en que lo matan con armas blancas, su desintegración en polvo, y las palabras de Seward, dejan abierta la puerta a que el horror no haya desaparecido del todo. Esa ambigüedad final, esa pequeña grieta en la victoria, es lo que eleva el final de ser una simple conclusión a una reflexión persistente sobre la naturaleza del mal. Stoker no cierra la puerta del todo, y eso es lo que la hace tan poderosa.
Y no puedo terminar sin mencionar a Renfield. ¡Qué personaje tan fascinante y trágico! Su relación simbiótica y dependiente con Drácula, su obsesión por absorber la vida, su locura… es una ventana inquietante a la psique humana. Su última conversación con Dr. Seward después de que Drácula ha bebido de Mina y él se enfada, es simplemente brillante (a mí la primera vez que la leí me hizo reír un rato, tan metido en la tragedia, que se expresase de esa manera):
De modo que me preparé para cuando Él volviera esta noche. Cuando he visto la niebla entrando me he echado encima y la he agarrado fuerte. Había oído que los locos tienen una fuerza sobrenatural; y como sabía que yo estoy loco, por lo menos a veces, decidí utilizar mi poder. Sí, y también Él lo sintió, pues tuvo que salir de la niebla para pelear conmigo.
— Renfield
Esta cita es oro puro. No solo demuestra la lucidez dentro de su locura, sino que también nos da una visión de un Drácula que, a pesar de todo su poder, no es invulnerable al ataque físico, incluso de un «loco». Es una pequeña joya que resalta la complejidad de Renfield y la vulnerabilidad del Conde.
Pese a todo, estas «inconsistencias» no restan ni un ápice al valor de Drácula. De hecho, casi las aprecio. Forman parte de su encanto, de la forma en que nos invita a debatir, a analizar, a pensar más allá de la superficie. Son pequeñas grietas en una estructura narrativa ambiciosa que, en su momento, era revolucionaria. La fuerza de la atmósfera, la intensidad del terror, la complejidad de los personajes y, por supuesto, el impacto cultural incalculable del vampiro más famoso de la historia, trascienden con creces estos pequeños detalles.
Drácula no es solo una novela; es un fenómeno cultural, una leyenda que sigue resonando. Cada relectura revela algo nuevo, cada conversación sobre ella abre nuevas perspectivas. Y esa, es la marca de una verdadera obra maestra. Si aún no la has leído, o si la leíste hace mucho, te animo a que te hagas con una buena versión como la de Valdemar o la de El Reino de Cordelia y te sumerjas de nuevo en sus páginas. No te arrepentirás.
Mi valoración: 5/5

Bram Stoker (1847-1912) fue un escritor irlandés, famoso por su novela de terror gótico Drácula. Nació en Clontarf, cerca de Dublín, y fue un niño enfermizo, lo que lo llevó a pasar sus primeros años en casa, donde su madre le contaba historias de misterio y fantasmas. Estudió en el Trinity College de Dublín y trabajó como funcionario y crítico teatral antes de trasladarse a Londres para trabajar como secretario y gerente del actor Henry Irving. Su obra más conocida, Drácula, fue publicada en 1897 y se convirtió en un referente del género de terror.
FICHA TÉCNICA DE MI EDICIÓN:
Título original: Dracula
Título en español: Drácula
Autora: Bram Stoker
Traducción: Óscar Palmer Yañez
Género: Literatura inglesa, novela gótica, novela de terror
Editorial: Valdemar
Colección: Gótica
Encuadernación: Tapa dura
Dimensiones: 24.5 x 17.0 cm
Nª de páginas: 688
ISBN: 9788477025122
Fecha de edición: 01/05/2005