Pulveriza primero, pregunta después

No aguantaba más. Era imposible leer con la mente errática, sintiendo de reojo —porque sí, una lo siente— cómo los pulgones y los limacos celebraban un banquete impúdico sobre mis plantas. Yo me dejaba la piel regando, abonando, podando con mimo, y ellos ahí, devorando a sus anchas como si aquello fuera un bufé libre, y sin pizca de remordimientos, si tal capacidad pudiera atribuírseles. Aún revoloteaban en mi cabeza las malditas fotos de jardineras en Pinterest con sus perfectísimas flores mirándome con sorna, y los consejos contradictorios que busqué el día anterior por internet empezaban a minar mi paciencia.

Se me cruzaron los cables. Me empezó a latir una vena asesina —metafóricamente, claro, aunque por un instante dudé— y mandé a la mierda la lectura. Cerré el libro de golpe, me levanté de la silla como en trance y entré en casa dispuesta a acabar con la invasión.

Volví con todo el arsenal. Agarré el veneno para limacos con la determinación de Lara Croft en versión doméstica y lo esparcí con entusiasmo. Cada maceta se llevó su dosis, mientras las miraba con firmeza, como diciendo: «Aquí no sobrevive ni uno solo, ¿queda claro?». Se acabó eso de encontrarme con un limaco rezagado cuando salgo a la terraza por las mañanas, con el sueño y el madrugón a cuestas, a por alguna prenda del tendedero. Crunch. Aghhh. Un nuevo cadáver baboso en mi zapatilla. Solo de pensarlo me revuelve el estómago.

Después saqué las tijeras de podar, que ya me pedían acción, y me dediqué a recortar las ramas rebeldes de los rosales. Una poda firme, sin contemplaciones, que fue dejándolo todo en orden, como a mí me gusta. Disfrutaba cortando aquí y allá, como si le diera forma a un jardín urbano que por fin empezaba a parecerme mío. De paso, añadí un buen puñado de abono: si quiero rosas de las que hacen que la gente se detenga a mirar, hay que poner empeño.

Pero lo peor fueron los pulgones. Los pillé agazapados en las ramas tiernas, bien instalados como si aquello fuera su Airbnb vegetal. Ni hablar. Saqué el insecticida y lo descargué sobre ellos con sed de venganza ciega, impartiendo justicia vegetal en nombre de mis pobres plantas.

—Tomad, bichos —murmuré entre dientes, con ese tono de villana de película que a veces se le escapa a una cuando está sola.

Esta tarde tocará regar con cuidado, cuando la terraza esté en sombra. A ver si las plantas se espabilan un poco, que llevan unos días más mustias que mi ánimo en lunes. Quiero un edén en miniatura, no este campo de batalla florido. Quiero flores que parezcan recién sacadas de una postal vintage, no esta jungla en decadencia que se me ríe en la cara.

Y ya, por fin, cuando todo estuvo bajo control, recogí mis armas satisfecha, me serví algo frío y me senté de nuevo bajo la sombrilla, contemplando el paisaje de macetas limpias, tallos firmes y hojas sin inquilinos.

Y pensé, con una sonrisa de advertencia:

—Como se atreva un limaco más a aparecer, lo pulverizo.


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