
En una era marcada por la polarización y la hiperconectividad, donde cada aspecto de la vida de una persona puede ser diseccionado en redes sociales, se ha vuelto común que las palabras o actos de un artista o genio se utilicen como arma para deslegitimar su obra. Este fenómeno, que mezcla juicios morales con valoraciones estéticas, plantea una pregunta fundamental: ¿deben los defectos humanos de un creador justificar la censura o el rechazo de su arte?
A mi humilde parecer, la respuesta, aunque compleja, apunta hacia una necesidad urgente de separar las críticas ad hominem —dirigidas a la persona— de la evaluación objetiva de su trabajo. Permitir que la subjetividad moral empañe el análisis de una obra no solo limita nuestra capacidad de apreciar el arte, sino que también alimenta una cultura de enfrentamiento que amenaza con fragmentar aún más a la sociedad.
Considero que el arte, por definición, trasciende a quien lo crea. Una pintura, una novela o una sinfonía no son meros reflejos de la biografía de su autor; son entidades que adquieren vida propia una vez completadas. Tomemos el caso de Pablo Picasso, un genio indiscutible del siglo XX cuya obra, como el Guernica, sigue siendo un símbolo universal contra la guerra y la violencia. Sin embargo, Picasso fue también un hombre que maltrató a las mujeres en su vida personal, un hecho bien documentado que genera repulsión legítima. ¿Significa esto que el Guernica debe ser retirado de los museos o considerado “deplorable”? Por supuesto que no. La pintura no abusa de nadie; su mensaje sigue siendo poderoso y su técnica revolucionaria, independientemente de las acciones de su creador. Rechazarla por los pecados de Picasso sería un acto de miopía cultural, una confusión entre el mensajero y el mensaje.
De manera similar, pero en otro ámbito, J.K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter, ha sido objeto de controversia por sus opiniones sobre temas de género. Para algunos, sus posturas son motivo suficiente para boicotear sus libros o exigir que se “cancelen”. Sin embargo, la saga que escribió no contiene esas opiniones; es una historia sobre amistad, valentía y el poder de la elección, que ha inspirado a millones de lectores. ¿Por qué deberíamos privar a futuras generaciones de esa experiencia solo porque discrepamos con lo que piensa o dice Rowling? Algo similar pasa ahora con Mario Vargas Llosa, pero antes con Almudena Grandes, por citar dos casos más, cuestión que me resulta incomprensible. ¿Acaso no podemos reconocer la calidad literaria de las obras que crearon y disfrutar tranquilamente de su lectura? El arte no es un endoso de su creador; es un legado que merece ser juzgado por sus propios méritos.
Esta tendencia a mezclar la vida personal con la obra artística tiene raíces en un impulso humano comprensible: queremos coherencia entre lo que admiramos y los valores que defendemos. Pero este deseo choca con la tozuda realidad: los genios suelen ser imperfectos. Caravaggio fue un asesino, Wagner un antisemita, y sin embargo, sus contribuciones al arte y la música son pilares de la cultura occidental. Si aplicáramos un estándar moral riguroso a todos los creadores, nos quedaríamos con una historia del arte empobrecida, reducida a los pocos que lograron vivir vidas impecables —si es que tal cosa existe—.
Además, el acto de censurar o rechazar una obra por las palabras o actos de su autor presupone una autoridad moral que rara vez es consistente. ¿Quién decide qué transgresiones son imperdonables? Hoy puede ser el maltrato, mañana la opinión política, y pasado mañana un comentario mal interpretado. Esta subjetividad abre la puerta a una guerra cultural interminable, donde el arte se convierte en rehén de agendas personales o colectivas. En lugar de unirnos a través de la belleza o la reflexión, como debería hacer el arte, terminamos usándolo como munición para dividirnos. La sociedad actual, ya fracturada por debates ideológicos, no necesita más excusas para enfrentarse; necesita espacios donde la objetividad pueda prevalecer.
La crítica ad hominem, además, ignora el proceso creativo en sí mismo. Una obra no es un espejo perfecto del alma de su autor; a menudo es un acto de sublimación, una forma de trascender las limitaciones humanas.
Franz Kafka, por ejemplo, era un hombre atormentado por la inseguridad y la alienación, pero sus escritos —como La Metamorfosis— transformaron esos tormentos en algo universalmente resonante. Juzgar su obra por su vida sería perder de vista cómo el arte puede elevar incluso las partes más oscuras de la experiencia humana. Si reducimos todo a la biografía del creador, despojamos al arte de su capacidad de hablar más allá de su origen.
Por supuesto, no se puede negar que conocer los defectos de un artista puede alterar nuestra percepción personal de su trabajo. Es natural sentir rechazo hacia una novela si su autor cometió actos que abominamos. Pero ese sentimiento, aunque válido como respuesta emocional, no debería traducirse en una norma colectiva de censura o negación. La libertad individual de interpretar y valorar una obra debe preservarse, sin imponer juicios universales basados en la vida del creador. Si alguien no puede disfrutar de Harry Potter por las palabras de Rowling, está en su derecho; pero exigir que otros sigan su ejemplo o que la obra sea borrada del canon considero que es cruzar una línea peligrosa.
La objetividad en la valoración del arte no implica ignorar el contexto histórico o ético. Podemos condenar a Wagner por sus ideas y aún así reconocer la grandeza de El Anillo del Nibelungo. Podemos criticar a Picasso como persona y seguir maravillándonos con su genialidad técnica. Esta dualidad requiere madurez intelectual: la capacidad de sostener dos verdades a la vez sin que una anule a la otra. En un mundo donde la cancelación se ha convertido en un reflejo automático, cultivar esta habilidad es fundamental.
En última instancia, separar las críticas ad hominem de la obra artística no solo protege el legado del arte, sino que también nos protege a nosotros como sociedad. Nos permite apreciar la complejidad humana sin reducirla a un tribunal moral permanente. Nos da la libertad de encontrar belleza, verdad o provocación en una creación, incluso cuando su creador nos decepciona. Y, quizás lo más importante, nos recuerda que el arte no pertenece al artista una vez que se comparte con el mundo: nos pertenece a todos. Y es derecho de todos su disfrute. Dejar que la subjetividad moral lo empañe es renunciar a esa herencia colectiva, algo que no podemos permitirnos.
Así que, la próxima vez que surja el debate sobre si una obra debe ser censurada por las acciones de su autor, vale la pena detenerse y preguntarse: ¿qué perdemos al confundir al hombre con su creación? La respuesta, sospecho, es mucho más de lo que ganamos.